La sala del juzgado estaba cargada de silencios y murmullos contenidos. El reloj marcaba los minutos con una paciencia cruel: el juicio contra Xóchitl R. V., defensora de derechos humanos acusada de secuestro, esperaba a uno de los testigos clave.
La audiencia programada para las 09:00 horas del martes 30 de septiembre comenzó puntual. Mientras afuera, el sol se desbordaba como si no le importara la puntualidad ni las tensiones de la justicia.
La diligencia comenzó con la voz breve y técnica de la psicóloga Maya Ávila Cabrera. Sus palabras apenas dejaron huella en la memoria de los presentes. Luego subió al estrado Joeder Ponce Mendoza, director general de servicios periciales de la Fiscalía.
Su intervención fue concisa, como un trazo rápido en un lienzo aún vacío. Pero la ausencia seguía flotando en la sala: la de Isela Lara Escobar, secretaria técnica de la Fiscalía Antisecuestros, testigo de descargo llamado por la Fiscalía.
El Tribunal, en un gesto poco común, decretó un receso. No podían arriesgarse a que el juicio se viniera abajo por la falta de una servidora pública que con su participación incorporaría, a través de su lectura, la declaración de dos testigos fallecidos.
Fue entonces que apareció…
Isela Lara entró al estrado con un vestido estampado como piel de leopardo, zapatillas negras de punta y un cinturón café. Su cabello lacio, largo hasta la cintura, acompañaba el vaivén de sus pasos firmes.
Parecía que la sala debía ajustarse a su ritmo, como si el reloj de la justicia pudiera ceder ante su aire de arrogancia. La jueza presidenta, María Elena Gómez Salgado, la recibió con un reclamo severo: no siempre iban a esperarla.
Ese día lo hicieron para evitar que el juicio se invalidara y tuviera que repetirse. El reproche quedó flotando como un recordatorio incómodo de que incluso en los procesos más solemnes, la disciplina puede quebrarse.
Al tomar la palabra, Lara Escobar se presentó como maestra en derecho, con más de siete años de experiencia en procuración de justicia y un pasado como agente del Ministerio Público entre 2018 y 2022.
No era una testigo cualquiera: ella había estado cerca del expediente, del rompecabezas legal que ahora se ventilaba en tribunales.
Su lectura se cargó de un tono sombrío cuando mencionó a dos ausentes definitivos: Minerva García Ávila y José Pablo Romero Hernández, agentes caídos en febrero en un operativo mal planeado en Cuautla. Los nombres resonaron en la sala como un recordatorio del costo humano de la justicia improvisada.
El juicio seguía, con sus piezas dispersas y sus tiempos alterados. La mujer acusada, los fiscales, los peritos y los jueces compartían un mismo espacio donde la verdad parecía avanzar con pasos torpes, entre retrasos y advertencias.
La escena dejó una imagen difícil de borrar: la justicia aguardando de pie a una servidora pública, la jueza midiendo con firmeza el límite de la paciencia, y dos nombres leídos en voz alta que ya no volverán a responder.