Tres hombres entraron caminando. Salieron con más de 358 mil pesos, decenas de pertenencias robadas y una persecución armada que terminó entre barrancas y disparos en la autopista.

Por El Guardián MX

A las 11:15 de la mañana del 15 de junio, el calor comenzaba a pegar sobre la avenida Reforma de Cuautla. Dentro de la sucursal Banorte de Cuautlixco, la rutina transcurría sin sobresaltos.

Una mujer esperaba para pagar un pasaporte.

Un hombre acompañaba a su cuñado.

Otra clienta buscaba aprender a usar la aplicación del banco para evitar futuras filas.

Los cajeros contaban dinero, validaban depósitos y entregaban retiros.

Nadie imaginaba que en cuestión de minutos el banco se convertiría en el escenario de un asalto ejecutado con precisión quirúrgica.

El ingreso

La reconstrucción de los hechos surge de las declaraciones ministeriales, testimonios de víctimas, empleados bancarios y el análisis de videograbaciones incorporadas a la investigación.

Según la versión recabada por la Fiscalía, tres hombres ingresaron a la sucursal alrededor de las 11:25 horas. No llegaron corriendo ni disparando.

Entraron caminando.

Uno avanzó directamente hacia las ventanillas.

Otro se quedó en el área de espera.

El tercero permaneció vigilando la entrada.

La calma terminó cuando uno de ellos realizó el característico sonido metálico que en el lenguaje criminal anuncia el peligro: cortó cartucho frente a todos.

Fue suficiente.

Las manos comenzaron a levantarse.

Las conversaciones murieron.

El miedo tomó el control.

El guardia reducido

Una de las clientas recordó que el vigilante de la puerta alcanzó a preguntarle a uno de los recién llegados qué trámite realizaría.

La respuesta no fue verbal.

El asaltante lo jaló de la ropa y le ordenó sentarse.

Las cámaras captaron después cómo uno de los delincuentes lo amagaba y empujaba mientras el resto tomaba posiciones dentro del banco.

El control de la sucursal había comenzado.

La caja fuerte estaba frente a ellos

La coincidencia jugó a favor de los delincuentes.

En la ventanilla uno se realizaba un depósito extraordinario.

Una clienta entregaba 350 mil pesos.

El cajero principal apenas había terminado de registrar una parte de la operación cuando apareció frente a él un hombre de chamarra roja, cubrebocas blanco y gorra oscura.

Golpeó la ventanilla con una pistola.

Apuntó.

Exigió el dinero.

Por temor a que disparara, el empleado le entregó 300 mil pesos.

Logró retener otros 50 mil.

Mientras tanto, en la ventanilla dos, otro cajero entregó el efectivo que tenía disponible.

En la tres ocurrió lo mismo.

Los trabajadores actuaron bajo la lógica elemental de quien tiene un arma apuntándole al rostro: sobrevivir primero, reportar después.

Los clientes también eran objetivo

Pero el dinero del banco no era suficiente.

Mientras uno vaciaba las cajas, otro recorría la sala de espera.

Iba de persona en persona.

Pistola en mano.

Pidiendo celulares.

Carteras.

Mochilas.

Bolsos.

Todo terminaba dentro de bolsas negras de plástico.

Una mujer entregó tres mil pesos y un iPhone.

Un ciudadano argentino perdió documentos migratorios, pasaporte y pertenencias personales.

Un hombre de 78 años vio cómo le arrancaban su mochila mientras intentaba ocultar discretamente dinero en el pantalón.

Otra clienta logró esconder su teléfono en una cangurera, pero perdió el resto de sus pertenencias.

Una más observó cómo un sujeto vestido de negro tomaba su bolsa y la arrojaba a una bolsa de basura junto con los objetos de otros clientes.

Los testimonios coinciden en algo:

Los delincuentes hablaban poco.

No buscaban protagonismo.

No pronunciaron discursos.

No parecían nerviosos.

Simplemente ejecutaban una tarea.

Once minutos

La secuencia completa parece haber durado apenas unos minutos.

Las cámaras muestran a los hombres desplazándose con rapidez entre ventanillas y clientes.

Uno apuntaba.

Otro recolectaba dinero y pertenencias.

El tercero vigilaba.

Cuando consideraron cumplido el objetivo, abandonaron la sucursal.

Detrás quedaron empleados inmóviles.

Clientes tratando de entender qué acababa de ocurrir.

Y un faltante que posteriormente sería cuantificado por peritos en 358 mil 10 pesos para la institución bancaria, sin contar las pérdidas sufridas por los usuarios.

La huida

La fuga tampoco fue improvisada.

Las videograbaciones muestran a los sospechosos abordando un vehículo Nissan Versa blanco sin placas.

A las autoridades les tomó apenas minutos conocer la ruta de escape.

La alerta se difundió entre corporaciones policiales.

Comenzó entonces una persecución sobre la autopista Cuautla-México, vía La Pera.

Disparos en la autopista

Lo que empezó como un robo bancario se convirtió en un episodio de violencia armada.

Policías municipales de Tepoztlán declararon que durante la persecución los ocupantes del vehículo disparaban contra las patrullas mientras arrojaban objetos por las ventanas.

Una unidad policial habría sido alcanzada por proyectiles.

La persecución terminó cerca de una barranca en la zona de Ixcatepec, municipio de Tepoztlán.

Allí los ocupantes abandonaron el vehículo y huyeron a pie.

La barranca

Los policías descendieron detrás de ellos.

Según los testimonios incorporados a la carpeta, los sospechosos comenzaron a deshacerse de ropa y objetos mientras corrían entre la maleza.

Uno logró escapar.

Dos fueron detenidos.

Entre ellos, Jesús Manzo Vázquez, quien ahora enfrenta imputaciones por robo calificado y homicidio en grado de tentativa, derivadas de los hechos investigados.

En el lugar fueron aseguradas prendas de vestir, una pistola Smith & Wesson calibre .40, cartuchos útiles, una mariconera y dinero en efectivo.

El eco de un asalto

Los bancos están diseñados para transmitir seguridad.

Vidrios blindados.

Cámaras.

Protocolos.

Guardias.

Botones de pánico.

Pero aquel lunes en Cuautla bastaron tres hombres armados para romper esa sensación.

Los clientes regresaron a sus casas sin celulares, sin documentos y sin respuestas.

Los empleados volvieron a sentarse frente a las ventanillas desde donde minutos antes observaban un arma apuntándoles al rostro.

Y la justicia comenzó su trabajo habitual: reconstruir segundo por segundo una historia que para las víctimas ocurrió demasiado rápido y que para los investigadores apenas empieza.

Porque detrás de los 358 mil pesos robados queda una pregunta que aún sigue abierta en la carpeta judicial:

¿Quién era el tercer hombre que logró desaparecer entre la barranca y el monte?